En el centro del cuadro, como en un sueño, vemos a dos jóvenes enamorados. Están en un columpio improvisado, hecho de ramas y flores, y parece que han sido capturados en un momento perfecto de pura alegría y amor. La joven mujer, con su cabello suelto y ondulado, se aferra al hombre, riendo suavemente, como si el mundo entero no fuera más que un telón de fondo para su felicidad.
Nací en Esparta, una ciudad famosa por sus guerreros, como hija de Tíndaro, el rey de Esparta, y Leda. Sin embargo, mi verdadero padre era Zeus, quien, en forma de un cisne, sedujo a mi madre. Desde temprana edad, mi belleza fue incomparable, y pronto supe que mi vida no sería sencilla. Mis hermanos, Cástor y Pólux, también eran hijos de Zeus, mientras que Clitemnestra, mi hermana, compartía el mismo destino trágico que yo.
Mis primeros recuerdos están llenos de la majestuosa villa de mi padre, un hombre poderoso y temido en la ciudad. Era el Papa Alejandro VI, un hombre cuya ambición no conocía límites. Desde joven, supe que mi vida no sería como la de otras niñas. Mi destino estaba ligado a la estrategia y a la consolidación del poder de mi familia, los Borgia.
En una cala secreta, donde el mar besa suavemente las rocas y las grutas susurran los secretos del abismo, una sirena de cabellos como llamas reposa en la orilla. Su mirada está perdida en un peine de nácar, reflejo de su soledad eterna. Cuenta la leyenda que quien escuche su canto quedará hechizado por siempre, condenado a buscar la belleza inalcanzable del océano en todo lo que ve. Pero hoy, ella canta para sí misma, añorando un amor que nunca ha conocido y quizás nunca conocerá.
La sirena de Waterhouse, con su cola de pez y su piel pálida como la espuma, es una criatura de dualidad. En su voz, hay la promesa de la eternidad y la melancolía de la soledad. Los marineros que han oído su canto cuentan historias de naufragios y sueños rotos.
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