Soy Edipo, hijo de Layo y Yocasta, rey y reina de Tebas. Mi vida, desde su inicio, estuvo marcada por el sello inquebrantable del destino. Una profecía sombría pendía sobre mi cabeza antes de mi nacimiento: estaba destinado a matar a mi padre y casarme con mi madre. En un desesperado intento por evitar lo inevitable, mis padres ordenaron que me abandonaran en el monte Citerón, con los tobillos atravesados y atados. Pero el destino es inexorable y siempre encuentra su camino.
El pastor encargado de abandonarme no tuvo el corazón para cumplir la orden completamente y me entregó a un pastor corintio. Este, a su vez, me llevó al rey Pólibo y la reina Mérope de Corinto, quienes me criaron como su propio hijo. Fui educado como un príncipe, ignorante de mi verdadero origen y de la terrible profecía que me rodeaba.
Las Willis son las almas inquietas de mujeres que fallecieron con sus sueños de amor y matrimonio hechos añicos. En vida, fueron prometidas a jóvenes galanes que, por diversas razones, las abandonaron, ya sea por cobardía, infidelidad o tragedia. Al morir con el corazón lleno de dolor y desesperanza, estas jóvenes no pudieron encontrar descanso en la eternidad.
Una promesa letal (La historia de Aquiles) El sol se había ocultado bajo el horizonte, pintando el cielo de un rojo profundo, casi como si la sangre se hubiese derramado sobre el firmamento. Desde nuestra guarida bajo las olas, observábamos con ojos atentos y ansiosos. Soy Thalassa, líder de las sirenas de estos mares. Mis hermanas y yo habíamos esperado este momento con una mezcla de anticipación y hambre voraz.
“Ligeia, Actea, Ephyra, Thoe,” mis hermanas me observaron... -¡Ya es tiempo!.
Asintieron con rostros resueltos. Nos deslizamos silenciosamente por debajo de las olas, nuestras colas cortando el agua con una gracia letal. Cada movimiento calculado, cada pensamiento enfocado en nuestra presa: un barco que se adentraba en nuestras aguas, sin saber el destino que le esperaba.
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