En los albores de la humanidad, cuando los dioses aún caminaban entre los mortales y el Olimpo regía el destino del mundo, nació una figura cuyo nombre sería recordado a través de los siglos: Pandora. Esta es la historia de su creación, su don y su fatídico legado.
Soy la Verdad, una entidad tan antigua como el tiempo mismo, cuya esencia ha sido venerada, buscada y temida a lo largo de la historia. Mi existencia está profundamente arraigada en el alma humana, y mi presencia ha moldeado mitos, leyendas y realidades. Hoy, compartiré una historia que revela la complejidad y la paradoja de mi naturaleza en el mundo de los mortales, una historia que muestra cómo, en ocasiones, la mentira puede vestirse con mis ropajes y dejarme expuesta y vulnerable.
Desde que tengo memoria, he sentido el susurro del agua en mis oídos, un murmullo constante que me envuelve y me arrastra a un mundo de corrientes y remolinos. Nací de las profundidades del mar, en un lugar donde la luz del sol apenas llega y las sombras danzan con la bioluminiscencia de las criaturas abisales.
Soy Ondina, una ninfa de las aguas, una criatura mágica que habita entre dos mundos: el de los humanos y el de las profundidades. Mis primeros recuerdos están impregnados del sabor salado del mar y del tacto frío de las algas enredándose en mi piel. Crecí en un palacio de coral y nácar, rodeada de una familia que no conocía la vejez ni la enfermedad. Mi madre, la reina de las aguas, me enseñó desde pequeña a entender el lenguaje del mar: el canto de las ballenas, el susurro de las corrientes y el lamento de los barcos hundidos. Cada sonido era una historia, y yo me empapaba de ellas como una esponja absorbe el agua.
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