Hay escenas de la mitología griega que parecen haber sido creadas para hablar de algo que sigue ocurriendo miles de años después. La de Ulises frente a las sirenas es una de ellas. John William Waterhouse la pintó en 1891, en uno de los momentos más interesantes de su carrera, y el resultado es una imagen extraña y perturbadora: un hombre atado al mástil de su barco mientras criaturas con rostro femenino, cuerpo de ave y enormes garras lo rodean.

Los marineros reman sin mirar atrás, con los oídos protegidos por cera, y en medio de todo aquello Ulises hace algo aparentemente absurdo: se ha atado voluntariamente para poder escuchar.

La pintura pertenece actualmente a la colección de la National Gallery of Victoria de Melbourne y mide poco más de un metro de alto por dos de ancho. Fue adquirida directamente al artista en 1891, el mismo año en que se presentó en la Royal Academy de Londres. Pero para comprender realmente la obra hay que volver mucho más atrás, hasta la tradición griega antigua y hasta un episodio de La Odisea que sigue siendo, todavía hoy, una de las mejores metáforas que existen sobre el autocontrol.

Unas sirenas que no tenían cola de pez

Nuestra imagen moderna de una sirena, una hermosa mujer con cola de pez, no corresponde a las criaturas que aparecen en este episodio. En la tradición griega antigua las sirenas eran seres híbridos: mujeres con características de ave, representadas con alas, patas o garras y, en muchos casos, cuerpo de pájaro. El British Museum conserva ejemplos de esta iconografía, entre ellos figuras de época helenística con cabeza y torso femeninos y cuerpo, alas y pies de ave.

Esto es clave para entender la elección de Waterhouse. Homero no describe físicamente a las sirenas en La Odisea: lo que describe es su voz y el efecto que produce sobre quienes la escuchan. Por eso el pintor tuvo que recurrir a la tradición visual antigua para decidir cómo representarlas, y la National Gallery of Victoria señala que tomó como referencia una representación del episodio en un antiguo vaso griego conservado en el British Museum.

La elección sorprendió al público victoriano, acostumbrado a una imagen mucho más romántica y sensual de las sirenas. Waterhouse recuperó deliberadamente una apariencia inquietante y cercana a la iconografía griega antigua, tanto que algunos críticos de la época le reprocharon que sus criaturas parecían arpías o aves de presa. Pero precisamente ahí reside parte de la fuerza de la pintura: no representa una tentación simplemente hermosa, sino una tentación que, debajo de su atractivo, contiene algo monstruoso.

 

El pacto con Circe y una trampa muy particular

La escena procede del libro XII de La Odisea. Antes de llegar a las sirenas, Ulises recibe de Circe una advertencia: quienes escuchen su canto no regresarán a casa. Las sirenas se encuentran en una pradera y a su alrededor se acumulan los restos de los hombres que han sucumbido a su voz. La solución parece sencilla, taparse los oídos con cera y seguir remando, pero Ulises quiere escuchar. No quiere evitar completamente la tentación: quiere conocerla.

Circe le ofrece entonces una solución extraordinaria. Sus hombres pueden taparse los oídos mientras él permanece atado al mástil, de modo que pueda escuchar el canto sin poder arrojarse al mar. Hay una condición decisiva: si más tarde pide que lo liberen, sus hombres deben atarlo todavía más fuerte. Ulises acepta, y cuando llegan a la zona de las sirenas sus hombres cumplen exactamente lo acordado.

Entonces comienza el canto, y Ulises cae en la trampa. Las sirenas lo llaman por su nombre y le prometen algo mucho más sofisticado que un simple placer: le ofrecen conocimiento. Dicen conocer todo lo que griegos y troyanos sufrieron durante la guerra, y aseguran conocer cuanto ocurre sobre la tierra. Eso explica por qué Ulises quería escucharlas. No se trata de una curiosidad superficial: las sirenas ofrecen exactamente aquello que caracteriza al héroe, saber más, y precisamente por eso son peligrosas.

 

La tentación perfecta para un héroe que no es el más fuerte

Ulises no es el héroe más fuerte de La Odisea. Su principal recurso es otra cosa: la inteligencia, el cálculo, la astucia. Por eso la tentación de las sirenas está construida de una manera particularmente cruel: no le ofrecen algo que Ulises desprecie, le ofrecen algo que desea. El peligro no está únicamente en el placer, sino en la posibilidad de obtener un conocimiento extraordinario sin pagar aparentemente ningún precio.

Pero el precio está oculto. Para conocer hay que acercarse, para escuchar hay que exponerse, y para exponerse basta con que el juicio deje de funcionar durante unos instantes. Cuando Ulises escucha el canto, comienza a exigir que lo liberen. Sus compañeros, que no pueden oír las voces de las sirenas, siguen remando y cumplen la orden original: en lugar de soltarlo, lo atan todavía con más fuerza. Solo cuando están fuera del alcance de la canción retiran la cera de sus oídos y liberan al héroe. Ulises sobrevive porque el Ulises anterior a la tentación tomó una decisión por el Ulises que estaría bajo sus efectos.

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El mástil como símbolo

En la pintura de Waterhouse, el mástil se convierte prácticamente en el eje de toda la escena. Ulises está en el centro, atrapado físicamente, mientras las sirenas se mueven alrededor de él. El barco continúa avanzando gracias a unos hombres que no participan de la experiencia: tienen los oídos cerrados y representan la parte práctica del plan, seguir adelante. Ulises, en cambio, quiere mirar y escuchar, y está completamente expuesto.

La cuerda representa una limitación voluntaria. No es una prisión que otro le haya impuesto contra su voluntad, sino una restricción que él mismo eligió antes de encontrarse en peligro, y eso transforma radicalmente el significado de la escena. La fuerza de Ulises no consiste en ser capaz de resistirlo todo, sino en reconocer aquello que puede vencerlo.

Hay además una diferencia importante entre el relato de Homero y la pintura. En La Odisea el poder de las sirenas está fundamentalmente en la voz, pero Waterhouse no puede pintar una canción: tiene que convertir un fenómeno sonoro en una imagen, y lo hace transformando el canto en presencia física. Las sirenas no permanecen tranquilamente en una roca esperando que los navegantes se acerquen; en la composición de Waterhouse parecen lanzarse sobre el barco, con sus alas, cuerpos y garras invadiendo el espacio alrededor de Ulises. Esta decisión fue precisamente una de las cuestiones que provocaron críticas cuando la obra fue exhibida en 1891: algunos comentaristas consideraron que las criaturas eran demasiado agresivas para una escena de seducción sonora, mientras otros defendieron la libertad artística de Waterhouse y su utilización de modelos procedentes del arte griego antiguo.

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El pacto de Ulises y el precompromiso

Siglos después de Homero, esta escena encontró una segunda vida en el pensamiento moderno. El filósofo y científico social Jon Elster utilizó el episodio para desarrollar su concepto de precompromiso o self-binding. Su obra Ulysses and the Sirens: Studies in Rationality and Irrationality, publicada originalmente en 1979, convirtió la historia en un ejemplo clásico de cómo una persona puede limitar voluntariamente sus opciones presentes para proteger una decisión futura.

La idea es sencilla y, al mismo tiempo, profundamente incómoda. A veces sabemos lo que queremos hacer hoy, pero también sabemos que en determinadas circunstancias futuras podríamos querer hacer otra cosa. Entonces podemos utilizar nuestra capacidad de decisión actual para impedir que esa versión futura de nosotros mismos cambie el plan. Ulises hace exactamente eso: su decisión no es simplemente "no escucharé a las sirenas", sino algo mucho más sofisticado, "quiero escucharlas, pero sé que cuando las escuche quizá ya no quiera seguir adelante". Por eso elimina deliberadamente su posibilidad de elegir. La cuerda no representa la ausencia de libertad, sino una forma extrema de utilizar la libertad antes de perder el control sobre ella.

Aquí aparece la paradoja más fascinante de toda la historia. ¿Es Ulises más libre porque consigue escuchar el canto, o es más libre porque acepta voluntariamente no poder obedecer sus propias órdenes cuando el canto comience? En nuestra cultura solemos asociar la libertad con tener siempre abiertas todas las posibilidades, y Ulises hace exactamente lo contrario: renuncia voluntariamente a una posibilidad para conservar otra. Podría pedir que lo liberen, pero ha decidido de antemano que esa petición no tendrá valor. Su yo futuro pierde poder porque su yo presente ha previsto esa pérdida.

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Una imagen que sigue hablando

Waterhouse pintó una historia de más de dos mil años de antigüedad y, sin proponérselo necesariamente en los términos actuales, terminó creando una imagen que puede leerse como una reflexión sobre el deseo, el conocimiento, la voluntad y los límites del autocontrol. Las sirenas representan aquello que nos atrae precisamente porque sabemos que puede hacernos daño. El canto representa aquello que consigue atravesar nuestras defensas. Las cuerdas representan una decisión tomada antes de que llegue el momento crítico. Y el barco representa algo todavía más sencillo: seguir avanzando.

Quizá por eso la figura de Ulises sigue resultando tan cercana. No vence a las sirenas, no consigue hacerlas desaparecer, no demuestra que su voluntad sea invencible. Hace algo mucho más inteligente: reconoce que puede perder, y antes de que llegue el momento de perder, decide qué hará consigo mismo. Waterhouse lo dejó suspendido en ese instante, atado al mástil, rodeado por aquello que desea escuchar, mientras el barco sigue avanzando. El héroe no está demostrando que sea imposible seducirlo. Está demostrando que incluso alguien que conoce sus propias debilidades puede encontrar una manera de seguir adelante.

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LA OBRA

Ulises y las sirenas
1891
John William Waterhouse
Óleo sobre lienzo
Tamaño 100 cm × 201,7 cm
Localización National Gallery of Victoria, Melbourne. Australia