Picasso nunca pintó de la misma manera. Quizás esa sea una de las mejores formas de acercarse a él. No como al hombre que inventó una manera particular de pintar, ni como al artista que un día decidió romper las reglas para siempre, sino como a alguien que parecía tener una necesidad casi permanente de cambiar la forma en que miraba el mundo.
Nació en Málaga en 1881 y murió en Francia en 1973. Entre esos dos momentos caben muchas vidas: el joven que llegó a París, el artista que conoció la pobreza y la bohemia, el hombre que convirtió sus amores en pinturas, el creador que desarmó los cuerpos y los rostros, y el artista que respondió a la guerra con una de las imágenes más poderosas del siglo XX. Entre una vida y otra, Picasso fue cambiando de piel.

Primero llegó la tristeza
Al principio llegó la tristeza, vestida de azul. Entre 1901 y 1904, durante lo que conocemos como su período azul, sus cuadros se llenaron de figuras pobres, solitarias y silenciosas. El azul no era simplemente un color que Picasso hubiera elegido porque le gustaba. Se convirtió en el clima emocional de aquellas pinturas.
En La vida, de 1903, todo parece detenido. Las figuras se acercan, pero hay algo que las mantiene lejos. Es una pintura cargada de melancolía, de esas que parecen guardar una conversación que nunca llegamos a escuchar. Picasso todavía estaba buscando su lugar.

En 1904 se instaló definitivamente en París. Era joven, extranjero y todavía estaba lejos de ser el Picasso que hoy conocemos. Vivía en un ambiente de artistas, escritores y personajes que también se encontraban en los márgenes de la sociedad. No era extraño que comenzara a mirar hacia ellos.
Entonces aparecieron los saltimbanquis. Los colores cambiaron. El azul comenzó a retirarse y llegaron los rosas, los ocres, los tonos de piel y los trajes de los artistas de circo. Pero la tristeza no desapareció del todo.

En Familia de saltimbanquis, de 1905, Picasso reunió a varios de esos personajes en un paisaje vacío. Son acróbatas, bailarines y figuras de la commedia dell’arte. Y hay un detalle extraordinario: el joven arlequín de la izquierda lleva el rostro del propio Picasso. La National Gallery of Art señala precisamente esa identificación del artista con aquellos personajes que vivían al margen, algo que Picasso conocía de cerca durante sus primeros años en París.
Lo curioso es que el cuadro se llama Familia, pero casi nadie parece estar realmente con los demás. No se miran. No se hablan. Cada uno parece encerrado en su propio pensamiento. Picasso estaba cambiando de color, pero todavía estaba hablando de la soledad.

Entonces decidió desarmar el mundo
Y entonces ocurrió algo que cambiaría la historia del arte. Picasso dejó de querer pintar el mundo tal como lo veían sus ojos. Quiso desarmarlo.
En 1907 pintó Las señoritas de Aviñón. Los cuerpos dejaron de comportarse como cuerpos tradicionales y los rostros adquirieron una dureza casi escultórica. La pintura ya no parecía interesada en reproducir la realidad: quería construir una realidad nueva.

A partir de ahí, junto con Georges Braque, Picasso desarrollaría el cubismo. Y el mundo empezó a romperse en planos. Una guitarra podía aparecer fragmentada. Una cara podía mostrar simultáneamente distintos puntos de vista. Un objeto podía dejar de parecerse a sí mismo y, sin embargo, seguir siendo reconocible.
Picasso no estaba simplemente deformando las cosas. Estaba preguntándose qué significa realmente mirar.
En Naturaleza muerta con silla de rejilla, de 1912, llevó todavía más lejos esa búsqueda. Una silla dejó de ser solamente algo que se podía pintar: podía entrar físicamente en la obra mediante el collage. La frontera entre pintura y realidad comenzó a desaparecer.

Después vendrían los Tres músicos, en 1921, con sus figuras convertidas casi en piezas de un rompecabezas. Picasso podía pasar de una pintura profundamente humana a una construcción casi abstracta sin sentir que estaba obligado a permanecer fiel a una sola manera de hacer las cosas. Porque esa parecía ser una de sus constantes: no quedarse quieto.
Los rostros también cambiaron
Y tampoco lo hizo en su vida personal. Picasso tuvo relaciones intensas, amistades, separaciones y amantes que terminaron entrando una y otra vez en su obra. Las personas que estuvieron cerca de él no permanecieron simplemente en su vida privada: muchas veces se convirtieron en rostros, cuerpos, colores y símbolos dentro de sus pinturas.

En 1932 pintó El sueño, uno de los retratos más conocidos de Marie-Thérèse Walter. El rostro aparece transformado, suavizado y dividido por formas que parecen pertenecer al sueño más que a la realidad.
Picasso podía mirar a una persona y convertirla en otra cosa. No porque quisiera ocultarla, sino porque su manera de mirar ya no era la de un retratista tradicional. La persona podía estar ahí y, al mismo tiempo, convertirse en memoria, deseo, imaginación.
Pero los años treinta traerían algo que cambiaría nuevamente el tono de su pintura.
En 1937, Europa estaba atravesada por la violencia de la Guerra Civil española. Y Picasso pintó Guernica.

El cuadro nació en medio de una tragedia concreta y fue realizado para el pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937. Picasso comenzó los primeros bocetos el 1 de mayo de ese año y trabajó durante las semanas siguientes. Dora Maar fotografió distintas fases del proceso, dejando un registro excepcional de cómo la pintura fue transformándose mientras Picasso la construía.
Aquí ya no hay saltimbanquis. No hay amantes. No hay juegos con la forma por el simple placer de experimentar. Hay cuerpos que gritan, animales, destrucción y dolor. El color desapareció. Todo quedó reducido a negros, blancos y grises.

Guernica parece el momento en que muchas de las búsquedas anteriores de Picasso se encuentran de golpe: la fragmentación, las figuras deformadas, las múltiples perspectivas, la emoción y esa necesidad permanente de encontrar una forma nueva de mirar.
Y después de Guernica, el dolor siguió apareciendo.
Ese mismo año Picasso pintó varias versiones de La mujer que llora, utilizando a Dora Maar como modelo. El rostro vuelve a estar descompuesto, pero ahora la deformación parece surgir directamente del sufrimiento. Los ojos lloran, las manos aprietan el rostro y la pintura ya no necesita representar una lágrima de manera realista para transmitir dolor.
Picasso había aprendido que podía romper una cara y, paradójicamente, hacer que sintiéramos mucho más lo que esa cara estaba viviendo.

Hasta el final
Pero Picasso todavía tenía décadas por delante. Y volvió a cambiar. Una y otra vez. Cambió de estilos, de temas, de materiales y de maneras de trabajar. Regresó a los grandes maestros, pintó retratos, naturalezas muertas, escenas íntimas y figuras cada vez más libres. No parecía interesado en demostrar que había encontrado una fórmula definitiva. Al contrario: parecía querer escapar de ella.
Hasta que llegó el final.
En 1972, poco antes de morir, pintó uno de sus últimos autorretratos: Autorretrato frente a la muerte. Ya no encontramos al joven de ojos oscuros que había llegado a París décadas atrás. El rostro es casi una aparición. Los ojos enormes miran desde una cara consumida, como si el propio Picasso estuviera frente a aquello que durante toda su vida había intentado transformar en pintura: el miedo, el paso del tiempo y la muerte.

Y resulta extraño pensar que entre aquel joven que pintaba figuras azules y este hombre viejo que se retrata frente a la muerte hayan pasado más de setenta años.
Pero hay algo que permanece: la búsqueda.
Picasso nunca pareció satisfecho con una sola manera de mirar. Primero pintó la tristeza. Después encontró el color. Después rompió las formas. Después volvió a construirlas. Pintó el deseo, la ternura, la violencia, la guerra, los rostros de las personas que amó y los fantasmas de las cosas que había vivido.

A veces fue delicado. A veces feroz. A veces incomprensible. Pero incluso cuando parecía estar destruyendo la pintura, estaba intentando encontrar algo: otra forma de mirar.
Quizás por eso resulta tan difícil encerrar a Picasso en una sola definición. Porque Picasso no fue solamente un estilo. Fue una transformación constante.
Y quizá esa terminó siendo su verdadera obra: no dejar nunca de buscar otra forma de mirar.

