Me llamo Euthymia, nací y crecí en Tarento, una ciudad griega situada en el sur de Italia, conocida por su rica historia y cultura. Mi vida cambió radicalmente un día en que mi familia decidió que debía casarme con un hombre al que apenas conocía. Nunca imaginé que este arreglo conduciría a una tragedia que sería recordada durante generaciones.
Desde pequeña, fui instruida en las artes y las ciencias. Mi padre, un comerciante de éxito, se aseguraba de que tuviera acceso a los mejores tutores. Aprendí a tocar la lira y a recitar a los poetas clásicos. Mi madre, por otro lado, me enseñó las virtudes de la paciencia y la obediencia, cualidades que serían puestas a prueba a lo largo de mi vida.
A los dieciséis años, mi padre anunció que había arreglado mi matrimonio con Lysias, un joven de una familia influyente de nuestra ciudad.
Era un día soleado en los vastos campos de la Tierra, donde florecía una naturaleza exuberante bajo el cálido abrazo del sol. Yo, Perséfone, me deleitaba recogiendo flores en un prado hermoso. A mi alrededor, la vida parecía cantar con la armonía del mundo: los pájaros trinaban melodías alegres, las mariposas danzaban sobre las flores y una brisa suave acariciaba mi rostro. No sabía entonces que ese día cambiaría mi vida para siempre. Crecí en el regazo de mi madre, Deméter, la diosa de la cosecha y la fertilidad. Ella me protegía con un amor inmenso, asegurándose de que viviera en un entorno lleno de belleza y seguridad. Nuestra conexión con la naturaleza era profunda; todo lo que mi madre tocaba florecía y prosperaba.
Desde que tengo memoria, he sentido el susurro del agua en mis oídos, un murmullo constante que me envuelve y me arrastra a un mundo de corrientes y remolinos. Nací de las profundidades del mar, en un lugar donde la luz del sol apenas llega y las sombras danzan con la bioluminiscencia de las criaturas abisales.
Soy Ondina, una ninfa de las aguas, una criatura mágica que habita entre dos mundos: el de los humanos y el de las profundidades. Mis primeros recuerdos están impregnados del sabor salado del mar y del tacto frío de las algas enredándose en mi piel. Crecí en un palacio de coral y nácar, rodeada de una familia que no conocía la vejez ni la enfermedad. Mi madre, la reina de las aguas, me enseñó desde pequeña a entender el lenguaje del mar: el canto de las ballenas, el susurro de las corrientes y el lamento de los barcos hundidos. Cada sonido era una historia, y yo me empapaba de ellas como una esponja absorbe el agua.
Me llamo Aimée Du Buc de Rivéry, y nací en Martinica en 1776. Puedo contar la historia de cómo una joven creció en una isla del Caribe y fue arrancada de su hogar para convertirse en una figura clave en la corte del Imperio Otomano, pero siempre conservando la dignidad y la astucia que la vida me enseñó a temprana edad.
Mi vida comenzó en una plantación de azúcar, donde mi familia, los Dubuc de Rivéry, vivía con ciertos lujos, aunque las tensiones crecían debido a las complejidades de nuestra época. Desde pequeña, recibí una educación esmerada, aprendiendo a leer, escribir y tocar el piano, algo poco común para una niña en Martinica.
En los confines del firmamento, donde la luz y la oscuridad se entrelazan en un ballet eterno, surgieron dos astros de insólita belleza y poder. Estos eran Hesperus y Phosphorus, los hermanos gemelos del amanecer y del crepúsculo, nacidos del vientre de Eos, la diosa del alba, y Astreo, el titán de las estrellas. Desde su nacimiento, el destino de estos dos seres estaba marcado por la dualidad y la tensión entre la luz y la sombra.
La mitología griega cuenta que Eos, con sus dedos de rosa, atravesaba el cielo cada mañana, trayendo la luz del día al mundo. Sin embargo, su vida no estaba completa. A pesar de su papel vital, Eos anhelaba la compañía de hijos que pudieran compartir su divino deber.
Adonis, mi amado, ha muerto. La noticia me ha golpeado como una ola helada, arrebatándome el aliento y dejándome con una tristeza abrumadora. Mis lágrimas caen sin consuelo, formando ríos en mi rostro mientras miro su cuerpo inerte. El dolor es un nudo en mi garganta, una herida abierta que no dejará de sangrar. ¿Cómo es posible que la vida se haya ensañado de esta manera con nosotros?
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