Las ansias de amor pueden tornarse peligrosas, así pudo descubrirlo Deyanira. Ella fue esposa de Heracles (Hércules para los amigos) y, por error, su verdugo. Su obsesivo y tóxico amor causaría la muerte de aquel a quien tanto deseaba. Deyanira era hija del rey Eneo de Calidón y era tan hermosa que los pretendientes se peleaban por ella. Uno de ellos era nada menos que Aqueloo, un dios río capaz de transformarse en toro o en serpiente. Heracles lo desafió, lo venció en una lucha feroz y le arrancó un cuerno. Así ganó a la novia, a la manera en que los héroes ganaban casi todo: a golpes.

Poco después, tras un accidente en un banquete donde mató a un joven sirviente, Heracles decidió exiliarse voluntariamente y partió con su esposa. El camino los llevó hasta el río Eveno, crecido y difícil de cruzar.

El pasaje del río

En la orilla esperaba el centauro Neso, que se ganaba la vida llevando viajeros de una margen a la otra. Heracles cruzó por su cuenta y le encargó a Neso que llevara a su esposa. Pero a mitad del trayecto, el centauro dejó de ser barquero y quiso violar a Deyanira. Ella gritó y Heracles, desde la otra orilla, lanzó una flecha directamente al pecho del centauro. La punta estaba envenenada con la sangre de la Hidra de Lerna, aquella que él mismo había derrotado en uno de los doce trabajos que ya hemos publicado en La Vida es Arte.

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El último consejo de un moribundo

Neso, herido de muerte, supo que su venganza podía ser póstuma. Con su último aliento llamó a Deyanira y le dio un consejo en apariencia generoso: que recogiera su sangre y la guardara, porque tenía el poder de un filtro de amor. Si algún día sentía que el corazón de Heracles se alejaba, bastaría con untarla en una prenda suya para que él fuera completamente suyo, le fuera siempre fiel y su amor fuera eterno y bueno... Todas esas cosas que se prometen frente a un altar.

Deyanira, crédula, guardó la sangre en secreto y siguió con su vida. Lo que no sabía era que aquella sangre estaba mezclada con el veneno de la Hidra, el mismo que había matado al centauro. Hay además una ironía deliciosa: según Sófocles, a Heracles le habían profetizado que ningún enemigo vivo podría matarlo. Nadie dijo nada de los muertos.

Iole

Pasaron los años y Heracles siguió haciendo lo que mejor sabía hacer: conquistar. En una de sus campañas arrasó la ciudad de Ecalia, cuyo rey, Eurito, le había negado la mano de su hija Iole. Entre las cautivas que Heracles envió a casa estaba la joven princesa, y Deyanira entendió de inmediato que no era una prisionera más. Ahí nació el miedo, la inseguridad de perder al héroe que tantos años había esperado. Era el momento que Neso esperaba desde el río.

Fue entonces cuando Deyanira recordó el frasco escondido. Esparció la sangre sobre una túnica hermosa, tal y como el centauro le había dicho, y se la entregó a su fiel mensajero Licas para que la llevase a Heracles, que se disponía a ofrecer un sacrificio a Zeus en la isla de Eubea.

Sófocles cuenta un detalle estremecedor: un mechón de lana que Deyanira había usado para untar la sangre cayó al sol y se deshizo en polvo, humeando. Solo entonces comprendió que lo que había guardado no era un filtro de amor. Pero Licas ya iba camino al encuentro.

La túnica que no se despega

Licas, desconociendo su cruel destino, ofició de inocente mandadero y portador de muerte, y al igual que la insegura enamorada, puso otra firma en la sentencia de Heracles. El héroe se vistió con la túnica para el sacrificio. Pero el calor del fuego despertó el veneno y comenzó a sentir un inmenso dolor y supo que moriría. La túnica quedó pegada a su piel y cada intento de arrancarla se llevaba trozos de su carne. Su cuerpo poco a poco se consumió en el fuego del veneno.

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Heracles, enloquecido en el dolor y la rabia, tomó a Licas en un rapto de furia por los pies y lo arrojó al mar. Entonces Licas, que no podía creer lo que pasaba, seguramente en ese momento de angustia acuñó la frase: "No maten al mensajero". Según Ovidio, al caer al agua el cuerpo del joven se endureció y se convirtió en roca, y los marinos aún pueden verla en el mar de Eubea con forma humana.

El final de Deyanira y la pira del monte Eta

Cuando Deyanira supo lo que había hecho, no soportó la culpa y se quitó la vida. Murió sin haber querido nunca matar a nadie: solo quería que la quisieran.

Heracles, a pesar de haber bebido de la leche de Hera y contar con poderes olímpicos, no era inmortal en su cuerpo. Moribundo, pidió a su hijo Hilo que lo llevara al monte Eta y levantara una pira. Nadie quería encender el fuego, hasta que Filoctetes aceptó hacerlo a cambio del arco y las flechas del héroe. Mientras las llamas consumían lo mortal que había en él, Zeus lo recibió en el Olimpo. Hera, su antigua enemiga, hizo las paces con él y le dio por esposa a su hija Hebe. Así, el hombre que ningún monstruo pudo vencer murió por una túnica, pero sólo después de morir fue por fin un dios.

Canova y el instante antes de la caída

Antonio Canova, en esta escultura, nos muestra la tensión justa en el momento en que Hércules lanza a Licas por el aire, enfurecido y afectado ya por el veneno de esa túnica gloriosa, convertida en su enemigo más letal, la cual ya no podría quitarse jamás. Pues muchas veces, aquello que nos hace grandes, aquel título, aquella gloria alcanzada, aquel reconocimiento y logro, se convierten en el veneno que nos mata quemando todo nuestro orgullo.

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El trabajo le fue encargado a Canova por el príncipe Onorato Gaetani, admirador del ilustre grupo de Adonis y Venus de su autoría. Era tanta la admiración por esta escultura que el noble Gaetani decidió hacerle el encargo de un grupo en mármol de Hércules y Licas. Desde el momento de su primera exposición, esta obra tuvo un éxito inmediato, pero los críticos posteriores juzgaron negativamente el trabajo y lo identificaron con patrones de ejecución académica, sin implicación emocional real. El grupo escultórico sigue una precisión geométrica absoluta.

Y sin embargo, pocos escultores estaban tan lejos de esta escena como Canova. Su fama se construyó sobre la gracia, la serenidad y la belleza pulida: Psique despertada con un beso, las Tres Gracias, cuerpos que parecen respirar en calma. Aquí, el maestro de la dulzura se atrevió con la furia. Pasaron dos décadas entre el primer proyecto de 1795 y el mármol terminado en 1815, como si el artista hubiera necesitado todo ese tiempo para domar tanta violencia.

Un mármol que nunca termina de caer

El héroe aparece en un momento de máxima tensión muscular, justo en el acto de levantar por el pie al infortunado muchacho, que en vano se resiste, aferrándose al altar que se encuentra detrás de Hércules y a la piel del león abandonada a sus pies. Licas está fuertemente izado y suspendido en el aire un momento antes de ser arrojado a las olas del mar. El grupo muestra el arco de torsión de los dos cuerpos desnudos, emitiendo una energía intensa que hace patente el clímax desesperado en la cara del joven y el enojado Hércules, enmarcado por espesa barba rizada. El héroe aparecería completamente desnudo si no fuera por el tenue velo que Canova utilizó para cubrir la masa de los músculos.

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Lo más inquietante de la obra es lo que no muestra: la caída. Canova eligió el segundo previo, ese en que Licas todavía está vivo, todavía puede aferrarse al altar, todavía puede esperar. El espectador, que conoce el mito, ocupa un lugar incómodo, el mismo de Deyanira: sabe lo que viene y no puede detenerlo.

La túnica como símbolo

El mito dejó una expresión que sigue viva en varios idiomas: la "túnica de Neso", el regalo que parece amor y trae ruina, la herencia o el favor que termina destruyendo a quien lo recibe. Dentro de esta escultura, esa túnica es invisible, pero está en cada músculo tenso del héroe.

Hay, además, una cruel simetría. El veneno que mata a Heracles es el mismo que él usó para matar a Neso, y a su vez procede de su victoria más famosa, la de la Hidra. Su propio triunfo regresa a él convertido en condena. El que derrotó a todos los monstruos fue vencido por el que llevaba dentro: el orgullo, la furia y una vida de conquistas que, sin quererlo, sembró la desconfianza en quien más lo amaba.

Y luego está Licas, el único completamente inocente de la historia. No traicionó, no deseó, no engañó: solo llevó un paquete. Canova lo representa joven y vulnerable frente a la mole del héroe, y esa desproporción es el verdadero mensaje moral de la obra: la ira de los poderosos casi siempre cae sobre quien tiene la menor culpa.

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Una obra sin bandera

El trabajo se basa en un cuidadoso estudio de Canova de algunos mármoles célebres antiguos, como los colosos del Quirinal, el Hércules Farnesio y el famoso grupo helenístico del Laocoonte y sus hijos en los Museos Vaticanos. Los franceses querían ver en esta obra una alusión a Francia, destronando a la monarquía, pero en la obra de Canova, a diferencia de las obras de Jacques-Louis David, no hay ninguna referencia ideológica, ni el artista se comprometió a identificar a nadie. Era solo la historia de un mortal, una chica enamorada y el cruel destino, que llega siempre a pesar de las protecciones de todos los dioses...

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La Obra:

Hércules y Licas
Autor: Antonio Canova
Creación 1795 - 1815
Material: Mármol
Dimensiones: 335 cm
Ubicación: Galería Nacional de Arte Moderno de Roma.