Esta mujer no está soñando. Está siendo aplastada. Mírala bien. Cuelga de la cama, con la cabeza hacia atrás y los brazos abandonados, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Sobre su pecho hay una criatura diminuta, pesada, inmóvil. Y te está mirando. A ti. A lo largo de la historia, los sueños han tenido muchas lecturas. Los antiguos egipcios creían que eran mensajes de los dioses.

A fines del siglo XIX, Sigmund Freud los convirtió en la voz de los miedos y deseos del inconsciente. Pero los sueños no siempre son amables, y hay uno que nadie quiere tener: la pesadilla.

En 1782, un pintor suizo llamado Johann Heinrich Füssli, que en Inglaterra firmaba como Henry Fuseli, cuelga su lienzo en la exposición anual de la Royal Academy de Londres. Y el público hace algo que casi nadie hacía frente a un cuadro: se estremece. En una época de retratos, batallas y escenas sagradas, La pesadilla no cuenta un hecho ni muestra a una persona. Pinta un concepto, un miedo. Y ese miedo tiene nombre: íncubo.

El íncubo sobre el pecho de la durmiente

El íncubo: un demonio con tratado teológico

La palabra viene del latín y significa "yacer encima". Un demonio que visita de noche a las durmientes con una sola intención. Y no era una superstición de campesinos: era teología.

San Agustín ya hablaba de estos espíritus en La ciudad de Dios. Siglos después, Santo Tomás de Aquino, una de las mentes más brillantes de la Edad Media, se preguntó con total seriedad cómo podía un demonio, que no tiene cuerpo, unirse a una mujer. Su respuesta es escalofriante: el demonio no crea nada, roba. Como súcubo, toma la simiente de un hombre. Como íncubo, la lleva hasta una mujer. Dos rostros del mismo demonio.

En 1486 aparece el Malleus Maleficarum, el manual que enseñó a perseguir brujas. Dedica páginas enteras a los íncubos y enumera cinco remedios para defenderse: la confesión, la señal de la cruz, el exorcismo, la excomunión del demonio... y mudarse de lugar. Sí, huir de la casa.

De esta creencia nació también la leyenda más famosa. Según la crónica de Geoffrey de Monmouth, en el siglo XII, el mago Merlín era hijo de un íncubo.

Íncubos y súcubos en la tradición medieval

Las historias que se contaban en la oscuridad

Las historias de íncubos fueron incontables, y algunas son realmente sombrías. Se cuenta que en la región de Nantes vivía una mujer atormentada por un demonio. Venía de noche, mientras su esposo dormía a su lado sin sospechar nada. Durante seis años ella guardó el secreto, sola, con vergüenza y con miedo. Al séptimo año se confesó con los sacerdotes. Hizo peregrinaciones. Rezó. Nada funcionó: el demonio volvía cada noche, cada vez más audaz. Hasta que el secreto se supo, y el marido estalló de furia.

Entonces llegó San Bernardo. Le confió a la mujer su bastón de peregrino y, el domingo, antes de predicar, ordenó que todos los presentes encendieran una vela. Lanzó un anatema contra el espíritu y le prohibió acercarse a esa mujer o a cualquier otra. Cuando las velas se apagaron, dice el relato, el poder del demonio se apagó con ellas. La mujer se confesó, comulgó y el enemigo nunca reapareció.

Otra historia habla de Magdalena de la Cruz, abadesa de Córdoba, que según la tradición tenía por amante a un íncubo con patas de cabra. Magdalena existió: durante décadas fue venerada como santa viva, hasta que la Inquisición la juzgó en 1546 y ella confesó haber hecho pacto con demonios. Eso está documentado.

Una advertencia importante: el relato de la mujer de Nantes lo atribuye a un monje llamado Ernauld, y no existe una fuente confiable que lo confirme. Lo mismo ocurre con el detalle del amante con patas de cabra: el juicio de Magdalena es real, pero ese íncubo pertenece a la tradición que se contó después, no a lo que podamos probar. Las incluimos porque forman parte de cómo se contaba el miedo en su época, pero no son hechos comprobados.

Lo que sí es real es lo que significaba creerlas. Si una mujer medieval despertaba aplastada, sin aire, sintiendo una presencia en la habitación, nadie le decía que había tenido una pesadilla: le decían que un demonio había entrado a su cama. Y si aparecía un embarazo imposible, el culpable ya estaba señalado: ni el hombre ni ella. El íncubo. Un demonio muy conveniente.

La ciencia detrás del peso en el pecho

Hoy la ciencia lo llama parálisis del sueño: despiertas, no puedes moverte, sientes una presión en el pecho y la certeza de que alguien te vigila. Es el cerebro, atrapado entre dormir y despertar. Antes de que existiera esa explicación, el terror necesitaba un rostro. Y Fuseli se lo dio.

Algunos intérpretes ven en el íncubo sobre el pecho de la durmiente justamente eso: el efecto físico de las pesadillas, la opresión que se siente al dormir.

La yegua entre las cortinas

La yegua, la luz y la sombra

Fíjate cómo está construida la escena. La luz cae sobre la mujer, blanca, casi ritual. Todo lo demás es negrura. Ese contraste brutal viene de una larga tradición de claroscuro y de Miguel Ángel, a quien Fuseli estudió durante años en Roma. Muchos lo han leído como una imagen de la mente dividida: lo que vemos y lo que no queremos ver, el inconsciente acechando en la sombra.

Y entre las cortinas asoma una yegua de ojos blancos y vacíos. No está ahí por casualidad. En inglés, mare significa yegua, pero también es el nombre de un antiguo espíritu germánico que sofocaba a los durmientes. De ahí viene la palabra nightmare, que nada tiene que ver con caballos. Se cree que Fuseli pintó un juego de palabras.

Detalle de La pesadilla de Fuseli

¿Terror o deseo?

El misterio más profundo es otro: ¿esto es terror o es deseo? La mujer yace en una cama, con un vestido ligero, en una pose que parece entrega. El íncubo no solo asusta: seduce. Fuseli mezcla miedo y deseo en un solo cuerpo y no nos dice cuál gana. Años antes, en Zúrich, se había enamorado de una joven, Anna Landolt, sin ser correspondido. Se cree que en el reverso de este lienzo hay un retrato femenino que algunos identifican con ella. Si es así, el monstruo no es solo un demonio: es un deseo que no pudo cumplirse.

Fuseli quería intrigar, y lo logró. Es difícil saber con certeza qué significaba realmente la pintura para él, y quizás esa ambigüedad explica por qué sigue fascinando más de doscientos años después. Se dice que Freud tenía una reproducción en la pared de su casa de Viena. Y el poeta Erasmus Darwin, abuelo de Charles, quedó tan intrigado que le dedicó versos.

La mirada del íncubo

Pero quédate con esto: el íncubo no mira a la mujer. Te mira a ti. Te convierte en testigo. En cómplice. En el único que está despierto dentro de la escena.

Así que, si esta noche sientes un peso en el pecho, recuerda que hace más de dos siglos alguien ya lo pintó.

La pesadilla, de Henry Fuseli

La obra

La pesadilla (primera versión)
Johann Heinrich Füssli (Henry Fuseli)
Año: 1781
Técnica: óleo sobre lienzo
Tamaño: 101 cm × 127 cm
Ubicación: Detroit Institute of Arts, Detroit, Estados Unidos

La pesadilla (segunda versión)
Años: 1790-1791
Técnica: óleo sobre lienzo
Ubicación: Goethe-Haus, Fráncfort del Meno, Alemania